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Con cariño al maestro 14 de abril de 1931 Me acuerdo de
las mañanas primaverales de Sants-Montjuïc. El sol siempre venía
reluciente, cálido, apuntando por entre las copas de los árboles, entibiando el
rocío que caía cual
cristales sobre las hojas y pétalos de las flores, las hierbas y lirios silvestres; en
los alrededores, hermosas macetas engalanadas con geranios rojos y, en los jardines,
narcisos, violetas, magnolias, romeros y olivos también. Era el paisaje
que veía siempre al caminar hacia la escuela el profesor Jordi Ferrán. Algunos
niños lo seguían o iban junto a él, camino de la escuela de la naturaleza,
donde gran número de niños recibían educación al aire libre de conformidad con los métodos
de la pedagogía moderna, de la época, en el espíritu de renovación de la famosa Escola
Nova. Allí daba clases el maestro Jordi, de botánica y zoología, en contacto directo
con plantas y pequeños animales del lugar; los niños y niñas teníamos oportunidad de
utilizar el tacto, la visión y el olfato, sintiendo la textura suave de las flores y sus
aromas, el capricho de las hojas, los enigmáticos insectos e infinidad de invertebrados.
Hacíamos excursiones por la montaña de Montjüic coleccionábamos mariposas,
saltamontes, libélulas…, y, en la humedad que dejaba la lluvia fresca de las mañanas,
encontrábamos caracoles. Me encantaba el cosquilleo de dejar que un caracol se desplazase
por mi mano. Ramonet, mí
compañero de pupitre, le cantaba así dos estrofas: —Cargol treu
banya/ puja a la muntanya/ cargol treu vi/ puja al muntanyà/…. Cargol treu
banya/ puja a la muntanya/ cargol bover/ jo també vindré. Como si fuera un
sonido mágico, el diminuto molusco dejaba aparecer, muy despacito, sus
antenas que se contorneaban hasta dejar ver todo su frágil y húmedo cuerpo. Era un
espectáculo: se mostraba y luego se escondía en la casita que llevaba a cuestas.
Entonces dejaba al animalito suavemente sobre el pasto verde del lugar y éste, de ahí, seguía
su lento caminar a no sé que senderos. El maestro Jordi
era muy querido por sus alumnos. Además nunca faltaba a la escuela, sólo
una vez por razón justificada: parecía un reloj puntual cada día. Con lluvia o sol, siempre
estaba presente en clase. Nunca olvidaré sus lecciones. Eran mensajes de vida. Él todo lo
sabía. Nos enseñaba las cuatro operaciones, a leer, escribir, y tantas anécdotas que
contaba. Relataba la Historia como nadie. Con fechas, nombres, utilizaba cartografía. Lo
que me hacia viajar en sueños despierta era el globo terráqueo. Él tenía tal dominio de
aquella esfera que la giraba con exactitud matemática en pocos grados o en vueltas
enteras, siempre como si nada. Sabía identificar todos los países con sus capitales. Los
continentes, los océanos y los ríos los nombraba casi recitando. Los viajes de Cristóbal
Colón los señalaba con un puntero en el mapa. Nos decía: —Niños cierren
los ojos y viajemos juntos. A ver, tú, Joan, cierra los ojos. Y, todos, a viajar. A lo que todos,
alborozados, respondíamos: —Soñemos,
profesor, viajemos juntos. Él explicaba que
para poder estar en un lugar distante, donde hubiera algún ser querido, por
ejemplo, bastaba con cerrar los ojos e imaginar que ya estábamos allí. Así, de esa forma yo
viajaba por el mundo. A partir de esas charlas y consejos, aprendí que “lejos” es un
lugar que no existe. Así siempre podremos estar donde deseemos estar. Me llamaba mucho la
atención América. Conocer la Cordillera de los Andes y el Océano Pacífico era un
sueño constante. Recuerdo que
luego de esa clase nos llevó a visitar la fuente Mágica de Monjuïc y allí nos hizo
soltar en el agua los barquitos que habíamos construido con hojas de periódicos. Los
hicimos grandes, pequeñitos, incluso unos submarinos. Fueron horas inolvidables. Nos aleccionaba: —Niños, colocad
vuestros veleros en el agua ¡Mirad cómo viajan! Así un día Colón fue a
América. Nunca olvidaré
las tres calaveras: la Pinta, la Niña y Santa María. Las horas pasaban muy
rápido. Tan bueno como mi maestro no habrá otro igual. Tendría unos 50 años, aunque
nunca nos atrevimos a preguntarle la edad. Sabíamos la fecha de su cumpleaños,
había nacido en Barcelona un 14 de abril, fecha que más tarde quedaría en la memoria de la
Historia. Era alto, de complexión atlética, cabellos grises, un poquito largo, dejaba
caer un mechón gris sobre la frente, que con un gesto ágil, casi sensual de su cabeza, lo
echaba hacia atrás, cuando éste le cubría sus ojos amarillos como los trigales en
tardes de verano. Vestía siempre pantalones oscuros y camisas de listas azules, corbata
lisa y una chaqueta azul marino con botones dorados que resplandecían cuando un rayo
de sol descansaba sobre ellos. Nadie sabía más que él. Todo lo conocía: historia,
ciencias y, ¡de política!: nos hablaba de la Monarquía y que ésta llegaría a su fin. Esperaba el
advenimiento de la República, como se espera el amanecer, después de una noche negra.
Mi profesor la esperaba con la ilusión de vivir nuevos tiempos de cambios, de
nuevos amaneceres para España y, sobre todo, para la educación, que se promulgaran
reformas y que se abrieran nuevas plazas para los maestros. La Segunda República la
anhelaba como un soplo de aire fresco. Era primavera; fueron las elecciones el
día 12 de abril de 1931, y, dos días después, fue proclamada, en un día inolvidable,
porque, además del cumpleaños de mi profesor, teníamos una nueva razón para celebrarlo. “La naturaleza y
la historia parecían fundirse en una leyenda o un romance infantil” (Antonio Machado). La primavera trajo a nuestra República de la mano extendida del maestro Jordi. Él
hizo la bandera republicana en la escuela y ese día todos gritábamos: — ¡Viva la
República! Fueron instantes
de incontrolable euforia por la conquista lograda: la República pisaba con
fuerza, para traer cambios y muchos adelantos al país; entre otros, la reforma agraria, el
derecho del voto a la mujer y las reformas educativas. Los intelectuales llevaron a cabo
muchos proyectos con la intención de difundir la cultura por los pueblos; como
García Lorca, al llevar el teatro hasta la más pequeña aldea; Lorca, que por encima de
todos los colores, amaba al verde, verde los árboles, verde el amor. Verde que te
quiero verde. Verde viento.
Verde ramas. El barco sobre
el mar Y el caballo en
la montaña. Verde que te
quiero verde Grandes
estrellas de escarcha Vienen con el
pez de sombra Que abre el
camino del alba. No obstante, una
noche de luna, doña Muerte, implacable paseó su guadaña para segar ilusiones.
Todo dicho estaba: — ¿Sobre esta
luna tan redonda me vais a matar? —cinco años más tarde, la noche de cuarto
creciente de 19 de agosto de 1936. Antes, la caída
de la Monarquía alzó la “República de los maestros”, por la importancia que
les dieron a los docentes como fundamento de la renovación; porque aquellos
maestros y maestras utilizaron modernos métodos, como el naturalismo pedagógico de
Rousseau y la metodología de la pedagoga italiana María Montessori para impulsar el
método que convirtió al alumno en protagonista de la escuela. Mi querido
maestro escribía una columna en Crisol, sobre la flor y nata del magisterio
republicano. Tenía otra columna llamada “Maestros republicanos en acción”. Era un maestro
activo. De izquierdas y no necesitaba hablar mucho para hacerlo notar: sus ideas le
brotaban hasta por los poros. Lo más hermoso eran sus discursos dirigidos a los padres de
familia. Pero lo espectacular no era solo la palabra sino también los hechos que
justificaban su discurso. Mi padre lo quería mucho, al maestro. Mi profesor era culto;
escribía y lo invitaron a hacerlo en el periódico La voz de la República.
Cada semana escribía
un asunto diferente, referente a las actividades que realizaba en el sindicato que
dirigía. Todo el mundo lo
conocía, era un político de verdad. Saludaba con un gesto gentil, con su puño
revolucionario en alto, mientras decía: — ¡Salud,
compañeros! Era muy sociable: hacia amistad
fácilmente. El profesor Jordi practicaba “la pedagogía del
amor”. Era su propia filosofía, pues opinaba que sólo con amor se podría ejercer alguna
transformación en sus alumnos, que aprendieran de la experiencia viva. Los deberes
—placeres— de casa eran llevar una mariposa o un pajarito para estudiarlos;
hacer una colección de diferentes tipos de hojas que recogíamos por el campo… Su lema
era “más que dar conocimientos hay que enseñar a pensar y a estudiar”. 7 Por otro lado,
nuestro profesor respetaba a las personas humildes y siempre trataba de
ayudar a las clases trabajadoras, de las industrias textiles del barrio. Yo me sentaba en
el segundo pupitre al lado de la ventana, pues era la que cerraba las
cortinas cuando el sol calentaba. Ramonet borraba la pizarra y los niños mayores recogían
los papeles y ordenaban los pupitres. María era la encargada de la ornamentación.
Ella llevaba flores del campo, lirios, geranios y rosas que cortaba al pasar por alguna
calle con macetas o parterres. El asunto del
aseo lo tenía entre ceja y ceja: el maestro Jordi nos revisaba las orejas y las
uñas de las manos. Siempre quise conocer el tal “pajarito” que le contaba las cosas que los
chicos hacían cuando él no estaba. (Nunca lo conocí, pero sí lo podía intuir.) El profesor
Jordi nos decía: —Niños iré a
llevarle estos documentos al director. Espero que os portéis bien, de lo contrario
ya me lo dirá un pajarito. A lo que todos
respondíamos en coro: — ¡Sí, señor! La lección la
preguntaba siguiendo el orden de lista. Llamaba a: —Arce, Aguilar…
salid a la pizarra. Siempre
temblábamos, pero él no nos castigaba, aunque moríamos de vergüenza de nuestros
compañeros, pues si nos equivocábamos ellos se echaban a reír y se burlaban de
nosotros en el recreo. Cuando a mí me daba un blanco, me decían en el patio: —María, llorona…
¡No sabe la lección!, la, la, la, la —cantaban en son de burla. Yo era muy
tímida, los colores se iban a mis mejillas, desde el blanco, hasta el rojo más
brillante, como dos manzanas queriendo caer de maduras. Sudaba un sudor frío y temblaba. Había chicos muy
listos, como Pere, que tenía las respuestas en la punta de la lengua. El
profesor preguntaba “3 x 7” y él al instante respondía: “21”. Las fechas históricas se
las sabía todas de memoria. Àngels y
Montserrat eran buenas en dibujo. Pintaban corazones con flechas y muchos besos de
rojo bermellón. Componían sobres adornados con madreselvas y claveles rojos,
para delicadas cartas y billetitos, perfumados. Me pedían que fuera “el correo”, y en el
recreo yo iba saltando por los jardines de la escuela a entregar las cartitas a Lluís
Furget y Bernat Roig, los dos chicos más guapos de todas las clases. Ellas llevan
trenzas doradas, atadas con blancas cintas y sus ojos verde mar brillaban cuando veían a
los chicos. ¡Eran mayores para mí! El profesor
siempre les decía: —Niñas, vamos:
más Geometría, menos dibujos. Era un hombre
que atesoraba, además de sabiduría, mucha psicología para tratar con sus alumnos
y alumnas. Una vez se enfermó y mandaron al suplente que enseñaba muy diferente.
Podría hasta ser mejor, pero nosotros fuimos fieles al nuestro. Cuando vino a la
escuela, después de la enfermedad, nos pusimos a gritar. Con gran alboroto en el patio, lo
rodeamos como en un corro y todos lo queríamos abrazar. Casi cayó al suelo y, al ver tantas
manitas trémulas que querían tocarlo, unas lágrimas humedecieron sus ojos. Sacó
delicadamente su pañuelo blanco dobladito en cuadrado, muy bien planchadito. Lo
abrió despacio y enjugó sus lágrimas. Luego nos regaló una sonrisa suave y nos
dijo: —Vamos, niños.
Vamos, todos a clase. Hoy cuando ha
pasado ya el tiempo y la nieve ya ha blanqueado mis cabellos, vienen a mi
mente estos dulces recuerdos del ayer. ¡Ah! ¡Pobre maestro mío! Cómo estarías de
viejo si aún vivieras. No sabes con qué alegría desearía volverte a ver. No me conocerías. Entonces, te
diría que era yo quién te dejaba cada mañana una manzana coloradita y
jugosa en tu escritorio, tan rojo como mis mejillas al dar la lección y dulce como tu
intención. Maestro, soy quien se ahogaba en llanto el día que dejaste la
escuela para ir a no sé
qué sendero, en aquel fatídico 1936, preludio de la desgracia; porque tú eras el tricolor
de la bandera que llevo en el alma —amarillo, rojo y morado—, colores que no se
mezclan ni confunden pues cada uno lleva inmerso su propia significación. Es por eso que hoy
he dejado sobre las olas del Mediterráneo tres flores perfumadas: un narciso
amarillo, un geranio rojo y un lirio morado del campo, para inmortalizar mis recuerdos
tricolores, como si fuese la bandera republicana enarbolándose con la brisa marina
mediterránea a los pies de la montaña de Monjüic. Hoy, al mirar hacia atrás, no puedo dejar de
pensar en todo cuanto nos enseñaste antes de partir. Tus ideas viven. Tus enseñanzas
formaron nuestras mentes. Tú nos distes un mensaje con la mirada, absorto en tu partida no
podías gesticular palabra alguna, pero nosotros te entendimos y leímos tus ojos. Porque
tu visión profunda dejó una llama encendida en nuestros corazones y la semilla de tus
enseñanzas de vida —Maestro, aquí
estoy sentada frente al mar, en las cercanías de Monjüic. Pregúntame otra
vez la lección. Esta vez, lo juro, me la sé toda de memoria. No se me olvida ni una
coma. Lluvia Tropical |